Paseo por la Ciudad de México

Diciembre 7, 2009 por Maria · Deja un comentario
Llenado bajo: Travel Mexico 

Se dicen que la distancia y el tiempo te dan perspectiva, que te permiten ver lugares y personas con ojos más claros, más sabios. Más de 3200 km y 3 meses me separan de la Ciudad de México. ¿Ya tengo perspectiva?

No lo sé.

Vine a trabajar en México después de la universidad con la intención de obtener un poco de esa “experiencia internacional” que se ve muy bonita en la CV y que termina impresionándote para siempre. Llegué a D.F. en septiembre, 2 días antes de las fiestas patrias que consumirían el país el 15 y 16 de ese mes. Vi los fuegos artificiales desde el avión mientras aterraba en el aeropuerto internacional Benito Juárez. Mi primera memoria de la ciudad es el Zócalo lleno de gente la noche del 15, todos vestidos de verde blanco y rojo. De pronto llegó el momento del grito, juntos gritamos, “Viva México!”. La celebración de aquella noche no se puede comparar con ninguna otra que he visto en mi vida.

Empezamos explorar la ciudad calle por calle, los ríos, los estados mexicanos, las grandes ciudades del mundo, hasta simplemente números, grupos de calles vecinos llevaban nombres de una categoría u otra. Dividido en cientos de “colonias”, el Distrito Federal es como un collage de pueblos pequeños, cada una prestando sus colores y carácter a la formación de una imagen completa y variada. De hecho, en un tiempo, algunas colonias eran pueblos independientes hasta que la ciudad creciente los absorbió. En partes de la ciudad, el viejo y el moderno se mezcla íntimamente, produciendo un contraste impresionante. Por ejemplo, casi conectado a la Torre Latinoamericana, un rascacielos que había sido el más alto de Latinoamérica, se encuentra las ruinas de una vieja iglesia, destruida por el terremoto de 1985.

La cultura prehispánica sigue presente por todos partes. El Templo Mayor, el centro religioso de los aztecas y la ciudad de Tenochtitlan que ocupó el lugar de la Ciudad de México actual, fue descubierta durante la construcción del sistema de metro. Está situada en el centro histórico de la ciudad y agrega una capa más a la identidad arquitectónica del centro, el punto focal de la tríada cultural - lo prehispánico, lo colonial y lo moderno. Pasando por la estación del metro de Pino Suárez, se puede ver otros sitios arqueológicos, vestigios de un emperio derrotado. En el Zócalo, grupos de bailadores bailan bailes prehispánicos, llenando el aire con el sonido de tambores y el olor de incienso. Una vez, al fin de mi estancia en México, me senté en las barreras que separan el Zócalo de la calle y dejé que la vida del centro me pasara. Hay relativamente pocos turistas norteamericanas en la ciudad, pero ese día noté una pareja caminando cerca. La mujer gritó a su esposo en inglés, “cuida tu…” y en voz mucho más bajo “b-i-l-l-e-t-e-r-a”.

Me encantaba la ciudad los domingos. Se cierran la Reforma, una de las avenidas importantes de la ciudad por toda la mañana para que la gente pueda pasear, montar en bicicletas o sentarse en las bancas para observar a la gente. Ah, las bancas de Reforma, cada una distinta de los demás - obras de arte en si mismas. Delinean la avenida por ambos lados desde la fuente de la Diana hasta la estatua a Cuauhtémoc. Siempre quería sacar fotos mías sentada en cada una de las bancas pero al final no podía, un proyecto para otro día. Al oeste, la Paseo de la Reforma te lleva al parque de Chapultepec, el más grande de la ciudad. Un par de domingos, fuimos a Chapultepec para hacer un picnic. Traemos todo tipo de comida pero el postre siempre era un pay de queso (el mexicano muy distinto del cheesecake norteamericano). Hay algo en la naturaleza y los dulces que calma el alma.

Las semanas pasaban lentamente, algunas más que otras. En las tardes, después del trabajo, me encantaba pasar un par de horas en cafés, leyendo o planeando el futuro. Pasé mucho tiempo en Starbucks, El Péndulo (una librería que también sirve como un café y un restaurante) y un cafecito que se ubica en las calles Pachuca con Fernando Montes de Oca en la Condesa. El último era mi favorito - pequeño y único, y siempre con buena música. Acababan de remodelarlo y aunque el letrero al frente decía “El Fuego y la Noche”, los menús tenían el nombre “Los Gatos en el Tejado”. Nunca preguntaba por el nombre correcto pero me encantaban sus capuchinos y ensaladas capresa. Escribiendo esas frases en un café en Washington DC me hace querer regresar a ese pequeño café en la Condesa cuyo nombre siempre me escapaba. Al fin del día, caminaba por calles oscuros y silenciosos de regreso a mi departamento, cada vez notando las casas más lindas donde, sin falta, algún día viviría.

Y las noches, las fiestas, los bares y los antros donde nacieron tantos momentos fotográficos. Pasábamos muchos viernes en Patrick Millar, un antro en la Roma que encuentro difícil de describir pero donde la energía parece infinita. Con la entrada de 30 pesos, cerveza barata y música mayoritariamente de los 80s, el antro atrae todo tipo de gente que viene tanto para bailar como para ver a otros bailando. Salvo el Zócalo, Patrick Millar siempre me daba la impresión de tener grupos de gente más diversos en la ciudad. Cuando el dinero se agotó, fuimos a Pata Negra, donde la entrada era gratis pero entrar a veces era difícil, o Black Horse, que atraía las mujeres los miércoles con bebidas de 5 pesos, y a hombres con tantas mujeres. Cuantos recuerdos de las noches….

Estoy consciente de que escribo estas palabras con un poco de nostalgia y la nostalgia a veces juega con la memoria. Los meses que pasé en México no eran siempre fáciles, creo que no pueden ser en un país extranjero. La influenza porcina llegó justo cuando estaba por terminar mi trabajo y empezar el último viaje de mi estancia en México. El pánico perpetuado me forzó del país un mes y medio antes do lo planeado, y esa decisión me dejó sintiendo como si un capítulo particular de mi vida no tuviera un fin definitivo. Por gracia pude regresar dos meses después y obtuve este fin que me robó la influenza y los miedos verdaderos o inventados.

Y mi perspectiva? Tal vez la distancia y el tiempo no me la daban pero, como la nostalgia, embotaron la memoria hasta que los únicos recuerdos que definirán mi experiencia son los que más valen la pena recordar.

Por todos que definieron mi experiencia

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Campeche, el fuerte más colorido…

Julio 15, 2009 por Gisela · Deja un comentario
Llenado bajo: Ecoturismo 

Campeche la ciudad de más colores y murallas de fresca cantera gris

Campeche, la fortificada
Campeche, la fortificada

Su catedral de dos torres corona la plaza; desde este punto los callejones se extienden coloridos y joviales enlazándose a lo largo y ancho de la ciudad baluarte.

 
callejonlargo
 
La visita de esta ciudad, a veces olvidada por muchos, es sumamente recomendable. Campeche es parte de la ruta que conecta el sureste mexicano con el centro y norte del país.  Para llegar a ella es necesario recorrer una agradable carretera a la orilla del mar con impresionantes puentes desde donde se observan delfines.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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Campeche posiblemente es la ciudad más colorida y harmónica de México. Sus callejuelas apenas transitadas durante la tarde son un excelente lugar para emprender una caminata.
 
 
 
 
 
 
 
 
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En el pasado esta ciudad era atacada por barcos piratas, por lo que fue fortificada. Fue por esta razón amurallada y  hoy sus murallas impresionan a los turístas en Campeche.  Entre los más destacados vestigios están: el Baluarte de Santiago, Baluarte de San Carlos, Baluarte de San Pedro, Baluarte de San Francisco, La Puerta del Mar, La Puerta de Tierra y el Baluarte de San Juán.
 
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hpim2907Hoy sus cañones aún vigilan el mar. Protegen a sus habitantes del olvido de su pasado glorioso.
 
 
 
 
 
 
 
 
El aire marítimo nos invita una comida al atardecer, un paseo por el malecón y un íntimo anochecer frente a la catedral cerca del mar.

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Para ver la guía de viaje a Campeche da clic aquí.

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Indigenous Chiapas: San Juan Chamula and Zinacantán

Mayo 10, 2009 por Maria · Deja un comentario
Llenado bajo: Travel Mexico 

“When one burps, they expel the evil spirits within them”, explained a young boy outside of the main church in San Juan Chamula, an indigenous village just outside of San Cristobal de las Casas in Chiapas state. We have just visited the church itself, an amazing mixture of Catholicism and pagan tradition. The church has no pews and the floor is covered in pine needles. Someone had told me that the pine needles are meant to keep warm the dead who are often buried underneath the church. Icons of various saints line the walls; many have mirrors around their necks. Men and women in traditional colorful dress kneel in front of rows of candles and coca cola bottles. The candles have no holders and are glued directly to the floor by melting the wax on the bottom. Among the faithful, I see a man scraping the excess wax off of the older candles and carefully reattaching them in neat lines. And although the romantic in me is inclined to believe the exorcist explanation for the coke, the realist leans toward the triumph of marketing and modern culture over tradition. No photos are allowed inside, or outside during the religious processions of Holy Week. Those caught with a camera are fined, even jailed. As the ringing church bells punctuate the air, I am overwhelmed by the distinct feeling that tourists aren’t very welcomed here. They coexist in an uneasy relationship, both courted and ignored by the local population. As the bells continue ringing, a group of people gathers in front of the church playing music; others are setting off piercing firecrackers in the courtyard - a cacophony of sounds not for the most sensitive of ears. The scene is almost too much for the senses and we walk away.

The town’s main square holds a bustling market where young and old sell fruits vegetables and crafts. We stop at a small shop for lunch - a loose term used to describe chips, cookies and soda. A group of small boys playfully run up to our table, eyeing our snacks. We hand them a bag of cheetos I hadn’t finished because of their spice and they gladly share it. A few minutes later, a young girl walks up with her mom selling woven bracelets. Would I like a bracelet? No, I politely decline. “Can I have one?” the girl asks after her mom walks away. I give her a potato chip. “Can I have the whole bag?” 

After lunch, we make our way in a small van to Zinacantán, another village not far away. At the main entryway, we are greeted by a young girl who asks us if we’d like to visit her home (also an artisan shop) to look around, taste some tortillas and watch a weaving demonstration. At first, we let her go, too much aware of “tourist traps” for our own good. She walks away and we pay a small fee to enter the main church in town (a fee that is more to enter the town itself than any church since no one later checks that we’ve paid). I have a flashback to an article I had read once in the New York Times where the author vividly described his visit to this very region and to a residence/shop just like the one we’d been offered to see. Within minutes, the girl is leading us to “Artesania la Rosita”. The haphazardly painted sign pointing inside is no indication of the interior and I am instantly amazed by the bright colors of the fabrics and heavily floral design. 

Shirts, skirts, tassels, shawls and bags hang from the walls and ceilings while small children play underneath. A boy holding a young chicken in his hands runs by a woman weaving. My friend engages the attention of a curious girl by teaching her how to write her name. I eye a particularly colorful bag and buy it without hesitation. No, that isn’t true, another friend first bargains down the price.  (I have yet to learn how to bargain without shame.) In a separate dimply-lit room, an older woman is making tortillas. The daylight comes in through tiny holes in the ceiling and casts coin-sized spotlights on the floor. The tortillas are delicious, plain and simple, and we eat more than is probably considered polite. And as much as I am aware that this is all a business, an “authentic” show to make visitors feel that they have seen something special, a part of me really believes that I have. Because if you really think about it, this “business” is run by real people for whom this is real life. And it may be a show, but not many are fortunate enough to make it to Chiapas to see it.

 

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18 de mayo día internacional del museo

Mayo 9, 2009 por Gisela · Deja un comentario
Llenado bajo: Ecoturismo 

La Ciudad de México y todo México no serán la excepción en el 2009 para la celebración de este magno evento. Desde 1977 se celebra en todo el mundo el 18 de mayo, el día internacional del museo. No dejes pasar esta oportunidad para visitar algún museo de tu preferencia en México o en la Ciudad de México y disfrutar de varias sorpresas.

Aquí encontrarás más información de los Museos de México y en esta de los Museos de la Ciudad de México.

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Una visita al Museo Ripley

Abril 28, 2009 por Gisela · 1 Comentario
Llenado bajo: Ecoturismo 

La visita comienza cerca del centro de la Ciudad de México. A algunos cuantos metros del moderno Paseo de la Reforma hay un aura mística y violeta emanada desde la calle Londres. Al aproximarse  a esta calle se vislumbra una casa de contrastantes colores y formas. Este es el Museo Ripley uno de los lugares más polémicos de nuestra tierra.

El Museo Ripley alberga en su interior una gran variedad de salas de exposición con hallazgos incoherentes, misteriosos e inexplicables de la humanidad. Entre lo más notables se encuentran:

El Buda de Jade

Esta estatuilla fue adquirida por el mismísimo Señor Ripley en Guangzhou al sur de China. La misteriosa estatuilla posee más de mil manos. Estas manos simbolizan la versatilidad, el poder y la omnipotencia.

El Traje Tibetano

Este implacable traje era usado por los monjes tibetanos para exorcizar a los demonios. Está completamente elaborado a base de huesos humanos tallados y se cree que posee el espíritu del los muertos.

Cráneo Ancestral

Este cráneo originario de Sepik en Nueva Guinea se cree que protegía a los espíritus del mal. Está hecho de barro modelado, alrededor del cráneo hay un jefe de la tribu fallecido.

Collar del Brujo

Elaborado en Nueva Guinea por brujos con huesos de murciélago.

Dios del Odio

Una de las piezas más interesantes del Museo Ripley. Fue traído a América en 1809 por los esclavos negros desde África. Cada clavo en la estatuilla representa una oración para que caiga una maldición o posiblemente una muerta dolorosa sobre un rival.

Oso Alaska

En el estomago de este oso expuesto en el Museo Ripley fueron hallados los siguientes objetos: Un compás, un juguete de plástico, un collar de perro, dientes postizos, tres balas, una cabeza de perro, un reloj, etc.

Estas y muchas otras  salas crean una atmósfera mística que atrae a miles de personas semana a semana. Hay algo extraño, algo particular en esta casa. Se percibe al aproximarse y se impregna en las mentes de sus visitantes. Quizá sea más que una diversión un reto visitar el Museo Ripley. Solo el que lo ha visitado lo sabe.  Para más información del Museo Ripley…

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Una Aventura en Jacomulco y el Río Pescados

Marzo 29, 2009 por zero477 · 1 Comentario
Llenado bajo: Ecoturismo 

Para información entra a la guía turística de: Jacomulco

Jacomulco es uno de esos lugares en los que nunca piensas, sin embargo, después de visitarlo nunca dejarás de pensar en el.

Otro puente más y mis amigos y yo queríamos algo diferente, emocionante y enriquecedor. Jacomulco, fue una idea repentina, pero correcta.

Planeamos salir el sábado a las 4 de la mañana de la Ciudad de México, para evitar el tráfico del viernes; y para llegar a Jacomulco antes de las 10 de la mañana para poder disfrutar el día completo.

Finalmente once amigos nos unimos a la aventura en Jacomulco y Río Pescados.

Después de un recorrido de cuatro horas llegamos a Jacomulco. Habíamos hecho una reservación en un sitio de Internet, por lo que todo estaba listo y el staff del hostal nos recibió con una gran sonrisa.

La primera actividad del día era el descenso en el Río Pescados. Antes de emprender la aventura, el carismático guía “Josa”, nos dio una excelente plática de seguridad. Justo después de la plática abordamos una van y nos dirigimos al río.

Al llegar al río el staff del hostal se encargó de bajar todo el equipo, dárnoslo y asegurarse que estuviera bien colocado. Después nos pidieron formar un círculo para hacer los ejercicios de calentamiento.

Subimos a la lancha e hicimos un pequeño entrenamiento en aguas tranquilas. Poco tiempo después iniciamos el descenso.

Al principio estaba un poco nervioso, pero al poco tiempo se me quitó. Fue un recorrido espectacular, la naturaleza del Río Pescados es fenomenal y el estar con tus amigos trabajando juntos para lograr llegar al final es algo único.

Como no cabíamos en una sola lancha, el descenso lo hicimos en dos. Nuestro equipo lo llamamos “Cocodrilos”. La mitad de la trayectoria, “los cocodrilos”, se dedicaron a molestar a la otra lancha lanzándoles agua.

Por un momento me imaginé que era un pirata navegando en aguas turbias y que debíamos terminar con nuestros enemigos, nuestros amigos en la otra lancha. Junto con el guía, un amigo y yo, planeamos un ataque fatal.

En un tramo de aguas tranquilas todos remamos, lo más silenciosamente posible, hacia la otra lancha. Cuando estuvimos cerca, yo y mi amigo brincamos para abordar la lancha enemiga. Los otros, sorprendidos, no supieron que hacer y cuando reaccionaron, era demasiado tarde, pues ya habíamos tirado a los hombres al agua y sólo quedaban las mujeres.

Victoriosos todos nos reímos y nos tiramos al Río Pescados para nadar un poco.

Como a la mitad del trayecto la adrenalina nos pedía más emociones. El guía nos sugirió intentar volcar la lancha después de un rápido. La técnica consistía en que todos nos lanzáramos al lado izquierdo de la lancha después de un rápido. La verdad fue muy simple lograrlo, la lancha se volteó y todos caímos al Río Pescados.

Al terminar la experiencia en el río, el coche del hostal nos esperaba con una cubeta de cervezas bien frías. Todos bebimos felizmente y regresamos al hostal, donde nos esperaba una comida deliciosa.

Después de comer hicimos la tirolesa. Cuatro largos cables que atravesaban y rodeaban al Río Pescados. Lamentablemente la duración de la tirolesa es muy corta, pero las vistas son únicas, volando sobre el Río Pescados.

Al llegar la noche otra aventura nos esperaba, un Baño de Temascal. Sin lugar a dudas nunca puedes imaginar lo que es un baño de Temascal hasta estar dentro de uno.

Antes de entrar a un oscuro cuarto redondo con un agujero en el techo y una pequeña entrada, “el brujo azteca guía”, nos pidió untarnos barro en todo el cuerpo. Nos explico que el Baño de Temascal es una cosa seria, mística y una forma de limpiar el espíritu. En el Temascal se representan los cuatro elementos de la naturaleza:

  • el agua por medio de un te lanzado a piedras incandescentes
  • la tierra representado por el barro en el cuerpo
  • el fuego representado por las piedras incandescentes que generan el calor
  • el viento que se lleva el vapor del té a través del agujero.

Dentro del Temascal no se ve absolutamente nada, hay un rico aroma relajante y la temperatura llega hasta los 50°C. La duración del Temascal varía según la resistencia de las personas. Todos sentados alrededor de las piedras incandescentes escuchan al brujo hablar mientras lanza el té aromático a las piedras y genera el vapor místico. Al final el brujo nos pide que dediquemos unas palabras al grupo y cada quién expresa lo que quiere.

El Baño de Temascal es realmente una experiencia unificadora y perfecta para concluir un viaje de amigos.

Al final todos salimos relajados y contentos. Personalmente, yo salí muy contento después de haber escuchado las palabras de mis amigos.

Después del baño de Temascal acompañamos una cena ligera con un té para concluir el día y nuestra experiencia en Jacomulco.

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Sierra Chincua, el santuario de las mariposas monarca.

Enero 24, 2009 por Ryan · 1 Comentario
Llenado bajo: Ecoturismo 

Fue una aventura increíble. Nos despertamos temprano, a las 4:45 a.m., para disfrutar del amanecer de las mariposas monarca. Para nuestra sorpresa, el alba que iluminaba los pueblos de nuestro camino, ya había hecho que valiera la pena emprender este viaje.Chincua1

Para llegar al santuario era necesario pasar por varios pueblos, algunos de ellos fueron Zitácuaro, Ocampo y Agangüeo. Rodeamos una sierra por una carretera un poco estrecha y después nos adentramos en un bosque por un camino bastante accidentado. Estacionamos nuestros coches y nos acercamos hacia el acceso principal del santuario.img_3043

Pagamos $30.00 por persona para poder ingresar y nos asignaron una guía que nos llevo a lo largo del camino. Era posible rentar un caballo para llegar al santuario pero decidimos valernos de nuestras propias piernas para poder andar por caminos donde el bosque se hacia más denso y los caminos más estrechos.

Mientras nos acercábamos a la guarida de las monarcas disfrutábamos de un paisaje hermoso. A nuestra derecha la sierra se erigía llena de árboles, a nuestra izquierda se observaba una frondosa llanura vigilada por lejanas montañas. 

img_3096Nuestra guía con una seña nos hizo la indicación de que guardáramos silencio. Al rodear una gran roca miramos lo que ya habíamos advertido. Algunos árboles de ramas con cientos de hojas de colores naranja y negro se mecían con el  fresco viento michoacano. Se desprendían y se volvían a colocar en otros árboles desafiando a la naturaleza. Las monarcas nos contemplaban dándonos la bienvenida desde todo lo que nos rodeaba. Algunas pocas se acercaban y se colocaban sobre nuestra ropa y nuestras cabezas. Nos detuvimos en silencio, las observamos y continuamos, aún no llegábamos a su santuario.hpim2525

Seguimos ascendiendo por la montaña. Llegamos finalmente a un cruce de dos caminos, uno se adentraba en el bosque y otro se acercaba hacia las faldas de la montaña. En esta bifurcación  había una pareja de ancianos Chincuas que nos ofreció llevarnos al santuario con el compromiso de que guardáramos silencio. Caminamos lentamente a lado de una pequeña corriente de agua. El viejo que nos guiaba pidió que nos acercáramos y  señalo con la mano hacia abajo donde el bosque ya no era bosque.

img_3071Los árboles que sostenían a las mariposas eran alumbrados con el va y ven de las nubes. El éxodo desde sus ramas se anunciaba con los rayos del sol y el tormentoso toque de queda, con las nubes que ocultaban a la luz.hpim2571

Permanecimos sentados por un buen rato, pensábamos en el largo trayecto que estas mariposas monarcas emprendían para llegar a calentarse a La Sierra Michoacana de Chincua. Llegaban desde Canadá, recorriendo Estados Unidos y el norte de México. Estarían en Chincua algunas semanas más apareándose y saldrían para llegar al sur de Estados Unidos. Los machos en el camino morirían, dejando su legado volando por los cielos. Legado que año con año regresaría siempre a esta sierra.  

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Playa Troncones

Enero 1, 2009 por Maria · Deja un comentario
Llenado bajo: Travel Mexico 

Have you ever seen the Milky Way?

Eight hours from the bright lights of Mexico City, above a cool beach on a tiny stretch of the Pacific Coast, there it was - a belt of millions of stars illuminating the dark ocean below. A meteor or two whisked by. A shooting star. I made a wish.

In astronomy class, you learn that watching the night sky is like seeing a picture hundreds of years old because light from the farthest stars takes years to travel across the universe and reach our eyes. I looked up. Did all of them still burn? How far has their light traveled across the immensity of open space? I felt small.

We arrived at Playa Troncones a little past 1am, when the beach was empty and the small hotels that dotted the main road displayed “no vacancy” signs. We had made no arrangements for accommodations in advance but luckily found several rooms available in a blue hotel close enough to the water that you could easily hear the lull of the waves breaking against the shore. Unfortunately, also close enough to hear were several very excitable roosters. Allow me to point out that it is a complete myth that roosters crow only at the sunrise. They really crow at just about anything, including other roosters and chickens as if competing for dominance over the silence of the night.

I couldn’t sleep so I went to sit in a hammock and wait for the sunrise. At 8:00 am, breakfast was served. At 9:00, a woman quietly swept the patio below. At 9:30, a couple occupying the room next to ours disappeared down the stairs, hand in hand. Time passed. The waves crashed. The roosters crowed. The hammock swayed. We ate breakfast at a restaurant by the beach. It was just as empty as the rest of the town. For the majority of our stay, we were its only customers. Friendly waiter. Good omelets and chilaquiles.

That night, we found ourselves at a quinceñera held in honor of the daughter of one of the local restaurant owners. I’m sure no one expected a group of strangers to crash the party, but I’d like to think that we added just a little bit flavor to the celebration, that touch of weirdness that makes life exciting and moments memorable. For those of us who are foreign, the quinceñera provided a look into one aspect of Mexican culture, a treasured tradition for some, a rather un-modern vestige of an earlier time for others. We danced. It was that carefree absurd dancing that mixes a good amount of charanda, unintelligible conversation, broken laughter and a childish disregard for ones surroundings. Then, sleep. Different room. No roosters this time around.

 Last day on the beach. Between the sea, seagulls and various other sea-related amusement, we spotted a small massage outpost (stand?) that offered short massages for 150 pesos. We will probably never again pay a very attractive masseur 11 dollars for a massage lasting significantly longer than the advertised thirty minutes. The magic of Playa Troncones and the best 150 pesos I’ve ever spent. As for the sea-related amusement, allow me to offer trying (and failing) to make a human pyramid with an abundance of will but little of that acrobatic talent and light-as-a-feather-stiff-as-a-board grace displayed by dancers and high school cheerleaders. Oh well. At least we tried. After nightfall, we sat around a camp fire and made up absurd stories inspired partly by fantasy and partly by pure imagination. Willy Wonka would have been proud.

I had once read that the average person can count just 11 stars in the constellation of Orion. As I sat on the beach on that last night, thousands of tiny plankton sparkling with every shift in the sand, I tilted my head upwards and saw dozens. In that moment, I was glad for the ocean, glad for the company, glad for the night, and finally, glad for those faint rays of light that traveled years through open space to illuminate that sky, that beach, those people who had looked up and saw the stars.

Side note: I found our room key in my purse the next day. I’m sorry little blue hotel. I hope it was not hard to replace.

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